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Mascarillas, química sintética y límites planetarios

13/05/2022

Mascarillas, química sintética y límites planetarios


Lorenzo Correa Lloreda

Lorenzo Correa Lloreda

  • Autor del proyecto FUTURODELAGUA.COM
  • Executive & Life Coach por la Escuela Europea de Coaching (2011)
  • Master en Coaching con PNL por la AEPNL (2010)
  • Practitioner en Programación Neuro Lingüística (PNL), por la Asociación Española de PNL (2008)
  • Post grado en dirección y gestión ambiental, por la Fundación Abat Oliba (1998)
  • Ingeniero Civil, por la Universidad Politécnica de Madrid (1980)

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"La vida humana en nuestro planeta ha ido siempre de la mano de la química, verdadero artífice de una revolución mundial. Hoy día, sigue activa y lo seguirá estando en el futuro. Nos ofrece explicaciones funcionales y comprobables para entender la conducta de los materiales conocidos. Y nos permite gestionar el empleo de sustancias naturales. Además de la generación de otras artificiales."
 
Desde que el ser humano comprendió la importancia del fuego, la química estuvo presente en los procesos de cocción, fermentación y metalurgia. Creó más tarde materiales inteligentes y comenzó a entender también el funcionamiento de nuestro cuerpo
 
Con el imparable auge industrial, la química se convirtió en una de las ciencias que mayor impacto ha tenido en el mundo y en la historia de la humanidad. Su etimología viene de la expresión árabe “al-quimia”, recogida en la latina “ars chimia”. Concretamente, de la denominación de los alquimistas. Los iluminados que buscaban la piedra filosofal, para que una vez hallada, se pudiera convertir el plomo y otros metales en oro. Además de llegar a ser inmortales y omniscientes.
 
Y no fue hasta 1661, con la publicación de “El Químico Escéptico” del irlandés Robert Boyle, que ya pasó a tener un significado más científico. Sin duda, ha sido la ciencia quien ha hecho expandirse el campo de la química, consiguiendo que su evolución crezca sin parar. También consiguió que repercuta directamente sobre la biología, la física y la ingeniería. Siempre explicando razonadamente la compleja conducta de los materiales conocidos, su permanencia y sus cambios.
 
Esto hace que esté siempre presente en nuestras vidas, ya que todos usamos sustancias naturales y creamos otras artificiales. Desde la cocción a la creación de materiales inteligentes, pasando por nuestros procesos corporales, todo es química.
 
Gracias a ella, la industria puede transformar materiales para crear o fabricar objetos útiles. Por eso, un mundo sin química carecería de materiales sintéticos. Esos que nos rodean y nos hacen curarnos, distraernos, protegernos, tener higiene y saber cada día más. En definitiva vivir una vida mejor.
 
Y esto es posible porque en los últimos dos siglos, la química molecular ha creado un vasto conjunto de moléculas y materiales cada vez más complejos y la supramolecular, nos permite saber cómo las moléculas se conducen entre sí, es decir, realizar una programación molecular. Así las cosas, la química puede producir moléculas y materiales nuevos. De aquí viene el reciente boom de la producción de sustancias sintéticas creadas por el ser humano.
 
Pero después de tan merecidas alabanzas a la función de la química en nuestra vida, conviene echar un vistazo a la otra cara de la moneda. Porque la inmensa mayoría de estas sustancias han sido puestas en el mercado sin antes estudiar debidamente los efectos que podían tener para la salud de las personas y del medio.
 
El problema es que hay muchas y cada día otras nuevas se incorporan a nuestra vida cotidiana. Ponemos como ejemplo las omnipresentes mascarillas, de las que hablaremos más adelante. O los plásticos, de los que poco hay ya que hablar, porque ya se ha dicho casi todo.
 
El caso es que cada vez se oyen más voces de alarma que avisan de que el espectacular y rápido crecimiento de productos químicos sintéticos que ahora inunda nuestro entorno natural, ha superado el límite de lo que el planeta puede soportar.
 
Porque centenares de miles de productos químicos producidos por nuestras industrias ejercen severas afecciones sobre el medio. Y no solo nos referimos a los plásticos, sino a muchos más productos que asfixian la capacidad de recuperación del medio. Y es que nuestro planeta tiene un  límite de capacidad en toda la basura que puede almacenar. Porque el gran vertedero ya está lleno.
 
Ese enorme cubo de basura comenzó a llenarse cuando la civilización empezó a dar sus primeros pasos. Y lo lleva haciendo 10.000 años. La diferencia con respecto a la actualidad es que el ritmo de vertido era sostenido y lento. Y además, mucho de lo eliminado por el ser humano era capaz de reciclarse naturalmente. Pero ahora, los productos químicos sintéticos están haciendo que se enciendan todas las luces de alarma.
 
Por ello, los nueve límites oficialmente fijados desde el año 2009 para conocer el verdadero grado de afección al medio, están siendo superados. Como supondrán, estamos hablando de los límites relativos a las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero también de los relativos a bosques, biodiversidad, agua dulce y capa de ozono, entre otros.
 
De todos es conocido cuánto nos estamos acercando o si ya hemos rebasado las fronteras relativas al calentamiento global. O a los niveles de emisión de CO2. Pero no se han analizado los valores que definen el límite de la contaminación química. Porque hay tal diversidad de vertidos y emisiones contaminantes que hasta hoy ha sido imposible que los expertos encargados de fijar límites lo hayan hecho.
 
Es fácil entender la razón. Ya son más de 350.000 tipos diferentes de productos químicos fabricados. Algo a lo que se ha dado en llamar nuevas entidades químicas. Pues bien, hemos superado el límite que define el espacio seguro de actuación global en lo que respecta a pesticidas. Y a productos químicos industriales. Con el colofón de los plásticos.
 
El problema es que no sabemos con certeza cuáles podrán ser todos los efectos nocivos que estas creaciones humanas de las que estamos orgullosos provocarán sobre el medio.
 
La química ha avanzado tanto, que las nuevas entidades antes aludidas se crean, se patentan y se usan a una enorme velocidad. Y sus secuelas contaminantes cada vez son más visibles y preocupantes. Y la velocidad es tan alta que no hay  gobierno capaz de evaluar los riesgos globales y regionales. Tampoco hay nadie que pueda controlar los problemas derivados de su uso y vertido. De ello dan cuenta diversos equipos de investigación que aprovechan para manifestar su enorme grado de preocupación al respecto.
 
El primer acuerdo y por ahora único al que se ha llegado es el de que ya hemos cruzado otros cuatro límites planetarios: el calentamiento global, la destrucción de hábitats salvajes, la pérdida de biodiversidad y la contaminación por nitrógeno y fósforo. Y ahora, se añade a esta macabra relación la contaminación química.
 
El paradigma universal que poco a poco vamos conociendo todos es el plástico. Los datos son espeluznantes. Por ejemplo el de que la masa total de ellos presente en nuestro planeta duplica la masa de todos los seres vivos.
 
¡El peso de todos los plásticos existentes en la Tierra duplica al de todos los seres vivos! Y no podemos parar de producirlos. Imaginen qué sucedería en nuestra lucha diaria con la pandemia si se dejaran de fabricar mascarillas, jeringas, envoltorios, batas médicas, etc. Imposible, por supuesto, habrá que cortar por otro lado. Pero ¿por cuál?
 
En cualquier caso, hay que actuar porque la contaminación plástica también afecta a otros límites planetarios vitales. Es el caso de los relativos al calentamiento global derivado del uso de combustibles fósiles. Recordemos que el 4% de los combustibles fósiles está destinado a la producción de plásticos y casi el 99% de las materias primas para materiales plásticos procede de combustibles fósiles.
 
También afecta a la disponibilidad de recursos hídricos de calidad. Sin olvidar la resistencia a los antibióticos. Y en todos, el futuro del agua está en juego. Adicionalmente, los plásticos son un componente de una red industrial compleja. Porque  también utiliza materias primas basadas en combustibles fósiles para producir fertilizantes industriales. Así como disolventes y otros productos químicos.
 
Como ejemplo de actualidad máxima, tenemos las omnipresentes mascarillas. Acompañadas de los demás adminículos en los que el plástico domina para protegernos del virus. Los datos más recientes atestiguan que desde la proclamación de pandemia, se han duplicado los residuos plásticos en nuestro planeta. Porque cada día se están vertiendo más de 1,6 millones de toneladas de este tipo de residuos. Y así llevamos ya dos años como consecuencia de las continuas batallas en las que estamos inmersos para derrotar a la Covid-19.
 
La organización Oceans Asia estima que unos 1.560 millones de mascarillas han ido a parar al mar en el año 2020 en los océanos. Es decir, un 3% de los 52.000 millones de unidades fabricadas. Esta cifra da una idea del enorme caudal de residuos que supone el material sanitario desechable. Constante y creciente, sin que hay otra alternativa más que usarlo una vez y tirarlo después. Pongamos ejemplos. La mayor parte de las 87.000 toneladas de equipos enviados por la ONU para proteger al personal médico se han convertido en desechos.
 
Los más de 140 millones de kits de pruebas también repartidos por la ONU, generarán  2600 toneladas de residuos no infecciosos (principalmente plástico). También 730 m³  de residuos químicos. Por su parte, los más de 8000 millones de dosis de las vacunas suministradas, produjeron 144.000 toneladas de residuos adicionales. Se trata de jeringuillas, agujas y cajas de seguridad.
 
Sabemos que el uso de material sanitario en hospitales se ha multiplicado por 10. Imaginen la afección que suponen estos cientos de miles de toneladas extra, procedentes de la basura sanitaria. Es la repercusión maldita e inexorable de la pandemia en nuestro entorno.
 
No podemos dejar de dar las gracias a los plásticos, porque sin ellos habría sido imposible paliar los efectos letales del virus. Esa es su cara amable en nuestras vidas. Su ligero peso y su durabilidad también tienen aspectos positivos. Pero su uso excesivo y sobre todo, su mal uso tienen efectos devastadores en la salud del planeta.
 
Sin embargo, por paradójico que parezca, no se mencionó el plástico en la Declaración de Glasgow realizada en la COP26. Solo nos queda despedirnos indicando lo que puede hacerse para dar marcha atrás. Para regresar al otro lado de la línea roja que marcan los límites superados. Una actuación debería dirigirse a controlar la producción de nuevas entidades químicas y plásticas. Disminuir su volumen o la cantidad de productos disponibles en el mercado para los que se han evaluado riesgos.
 
Otra, controlar las emisiones de las nuevas entidades. Tanto la cantidad de sustancias peligrosas emitidas como la cantidad de plásticos vertido al medio. Y la última, controlar los impactos no deseados de las nuevas entidades en los ecosistemas. Sería el caso de la toxicidad de la contaminación química o de las afecciones de la contaminación por plásticos a la integridad de la biosfera.
 
El reto está ahí, asumirlo es imprescindible. Pero sabiendo que muchas de las sustancias ya liberadas y de las que continuamos vertiendo, son muy persistentes. Por ello, permanecerán en el medio durante mucho tiempo
 
Por otra parte, la invención de nuevas sustancias y el aumento constante en los volúmenes producidos y utilizados están estrechamente vinculados a las tendencias generales en la producción y el consumo mundiales. Y, no pueden frenarse con unas pocas medidas concretas.
 
Ya en el pasado se propusieron límites a la producción de plástico. Habrá que hacerlo también con las nuevas entidades. Con o sin pandemia, ha llegado la hora de gestionar este problema. Comencemos con controlar más y mejor estas tan beneficiosas por otra parte nuevas entidades de la química moderna.
 
 
Lorenzo Correa
 

 


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