La regulación de la gestión de LODOS: Entre las buenas intenciones y la cruda realidad - Marc Moliner i Rafa

La regulación de la gestión de LODOS: Entre las buenas intenciones y la cruda realidad

10/10/2018

La regulación de la gestión de LODOS: Entre las buenas intenciones y la cruda realidad


Marc Moliner i Rafa

Marc Moliner i Rafa

  • Ingeniero Industrial
  • Jefe de la Unidad de Biosólidos
  • Departamento de Gestión del Saneamiento
  • Agencia Catalana del Agua


 
"La conclusión es que, más allá de las promesas de soluciones milagrosas, en la medida que depuremos el agua se producirá lodo. Es decir: el lodo ha venido para quedarse"
 
El mundo avanza a una velocidad de vértigo. Estamos tan pendientes de lo que nos deparará el futuro que resulta difícil recordar de dónde venimos. ¿Quién se acuerda que hasta hace menos de una década era posible sobrevivir sin un smartphone? ¡Resulta difícil pensar que hace sólo 25 años no sabíamos que era un teléfono móvil y apenas conocíamos internet!
 
Los avances tecnológicos y los logros en la calidad de vida se incorporan rápidamente y pasan a formar parte de nuestra cotidianidad de manera permanente, como si siempre hubieran estado allí. ¿Quién es capaz de recordar cómo estaban los ríos hace pocos años? Se hace extraño recordar que hasta épocas recientes hemos convivido con playas cerradas al baño, aceptándolo como un hecho habitual. O que algunos hemos vivido alertas sanitarias por mala calidad en la potabilización del agua. ¡Qué lejos quedan los tiempos en que muchos ríos eran cloacas a cielo abierto! Tanto que parece imposible concebir una realidad distinta a la que conocemos hoy.
 
La depuración de las aguas ha supuesto uno de los mayores hitos de mejora de la calidad ambiental y sanitaria de las sociedades modernas. Un hito, por cierto, del cual todavía no se beneficia la mayor parte de la población del planeta. Es bien sabido que el agua dulce es un bien escaso, imprescindible para el desarrollo de la vida de muchos seres vivos, entre los cuales el homo sapiens. El agua es, por tanto, un recurso que es necesario cuidar y preservar.
 
Pocos de los beneficiados por su existencia saben dónde se lleva a cabo el milagro de la depuración. De manera similar a lo que cuentan las escrituras que ocurrió en Caná, las depuradoras convierten un líquido residual en agua apta para la vida.
 
Además de construirlas, las depuradoras deben de funcionar de manera ininterrumpida. Es el proceso que tiene lugar día tras día el que permite mejorar la calidad del agua para restituirla al medio de donde procede o para ser reutilizada de nuevo.
 
A pesar de lo que pueda parecer, y a muchos nos gusta imaginar, este proceso es totalmente carente de magia. Como ya demostró Lavoisier en el siglo XVIII, la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Así pues, el proceso de depuración consiste, principal y básicamente, en un ejercicio de separación. El agua residual es liberada de la carga orgánica y de la mayor parte de los nutrientes que contiene y éstos se concentran en lo que hemos convenido a llamar lodo de depuración. Por tanto, podemos concluir que la existencia del lodo es la prueba evidente del éxito del proceso de saneamiento del agua.
 
Cíclicamente, como si de los antiguos vendedores de crecepelo o de tónicos curatodo se tratara, aparecen portadores de soluciones mágicas que supuestamente consiguen depurar el agua sin producir lodo. Y aquí es bueno volver a recordar el principio de conservación de la materia. Una fracción importante de la carga contenida en el agua residual es mineral, no degradable y, por tanto, restará después del proceso. La materia mineral quedará incluso en forma de cenizas si se opta por la combustión como vía de tratamiento del lodo. Y en relación a la fracción orgánica, si bien es posible su degradación, el grado de ésta es directamente proporcional a la duración del proceso y, por tanto, a los volúmenes de los reactores utilizados.
 
La conclusión es que, más allá de las promesas de soluciones milagrosas, en la medida que depuremos el agua se producirá lodo. Es decir: el lodo ha venido para quedarse.
 
Pero como imaginar es gratis, podemos hacer el ejercicio de pensar si resultaría interesante hacer desaparecer el lodo de nuestras vidas. Como ya he explicado, la depuración es un proceso de separación. Por un lado, obtenemos un agua apta para su incorporación al medio o para su reutilización y por el otro, un material donde se concentran, además de sustancias minerales inertes, la materia orgánica y los nutrientes. Estos dos últimos, si bien en elevadas concentraciones en el medio hídrico pueden provocar un impacto, constituyen un recurso imprescindible para los suelos agrícolas.
 
La agricultura consiste en la producción intensiva de alimentos vegetales para su consumo. Contrariamente a lo que ocurre en la naturaleza, la materia vegetal que se genera en los cultivos no permanece en el sitio, sino que es retirada. Este hecho, junto con los trabajos de laboreo continuado del suelo, provoca que se altere el equilibrio ecológico del mismo, disminuyendo progresivamente sus contenidos de materia orgánica y nutrientes. De esta manera, en el límite, un suelo agrícola irá perdiendo sus propiedades hasta quedar inservible. A esta circunstancia se le puede hacer frente mediante dos estrategias. La primera consiste en ir cambiando de suelo agrícola, a medida que éste agota su capacidad productiva. Esta es la práctica que se aplica en algunas zonas del planeta, como por ejemplo en las grandes extensiones selváticas de América del sur, en un proceso que se ha bautizado de “tala y quemada”. Como alternativa a la anterior, existe una solución más sostenible, basada en restituir aquella parte que ha sido extraída para asegurar la calidad del suelo de manera indefinida. La estrategia descrita es la que ha permitido mantener la actividad agraria de manera continuada en las tierras que habitamos des de los tiempos del neolítico.
 
 
 
 
¿Y donde podemos encontrar estos elementos necesarios para restituir las propiedades del suelo?
 
Tradicionalmente la fuente de nutrientes y materia orgánica han sido las deyecciones humanas y animales, resultado del consumo de los propios frutos agrícolas. De esta manera se ha venido cerrando un ciclo natural más o menos modificado. La paulatina evolución de la distribución de la población ha comportado el alejamiento progresivo de los centros de producción de alimentos (situados en zonas rurales) de los puntos de consumo de los mismos (mayoritariamente agrupados en grandes conurbaciones urbanas). Este hecho ha llevado, en determinados casos, a la utilización masiva de fuentes de nutrientes alternativas, especialmente de origen mineral. Estos fertilizantes requieren un consumo energético elevado para su obtención y proceden en gran parte de la importación. Por el contrario, durante muchos años las fuentes tradicionales habían sido vertidas masivamente a un medio incapaz de absorberlas, provocando graves problemas ambientales y sanitarios. La extensión del saneamiento de las aguas y la destinación del lodo generado a usos agrícolas ha permitido restituir el ciclo natural que había persistido históricamente. 
 
El uso continuado de lodos de depuración en provecho de la agricultura ha posibilitado demostrar sus bondades, tanto para el desarrollo de los cultivos como para el mantenimiento de la calidad del suelo. Por esta razón esta vía de gestión se considera una operación de valorización que convierte lo que se había considerado un residuo en un valioso recurso. Volviendo, pues, a nuestro ejercicio de imaginación, podemos preguntarnos de nuevo si nos interesaría realmente la desaparición del lodo. O dicho de otra forma: ¿Es compatible desaprovechar los elementos que contiene el agua residual con la sostenibilidad ambiental? ¿Cómo se compatibiliza esta práctica con la llamada economía circular, que promulga la reducción de utilización de los recursos naturales?
 
La valorización de lodo en provecho de la agricultura permite retornar los nutrientes y la materia orgánica a sus lugares de origen, cerrando el círculo natural. Esta práctica, además, consigue el ahorro de recursos y de energía, así como la autosuficiencia respecto a la importación de materias primeras. Este último aspecto es especialmente relevante en el caso particular del fósforo, un elemento considerado estratégico, especialmente en el contexto europeo, por su limitada y concentrada disponibilidad a nivel mundial.
 
El valor del lodo es singularmente relevante en los países situados en la cuenca mediterránea, con amplias áreas amenazadas por riesgo de desertización debido a los bajos niveles de materia orgánica de sus suelos a causa de las condiciones climatológicas y de la ausencia de aportaciones durante muchos años por la utilización reiterada de fertilizantes minerales. Entre los citados países destaca de manera especial el Estado español, con una actividad agraria muy importante, que lo sitúa en el 21ª posición mundial en cuanto a superficie cultivada. En consecuencia, no serán las mismas necesidades de reciclaje de lodo las de Suiza o Holanda (con unas superficies cultivadas de 5 y 7 m2 por habitante, respectivamente) que las del Estado español, con una superficie cultivada entre 5 y 7 veces mayor (de 37 m2 por habitante).
 
Llegados a este punto podríamos convenir que una depuradora es una fábrica de agua, pero también de otras sustancias de gran valor. Este enfoque resulta una aproximación mucho más constructiva a la hora de planificar la gestión que la de considerar al lodo como un problema del cual necesitamos desprendernos a toda costa.
 
¿Y esto es tan simple y tan fácil? Pues no (pocas cosas en la vida lo son). Para que los elementos necesarios para el uso agrícola y la mejora de la calidad del suelo realicen su función es necesario garantizar que estos se aportan de manera adecuada. Es decir, no todo vale. Parafraseando a Paracelso, todo es veneno, nada es veneno, lo que importa es la dosis. Es necesario, pues, tratar al lodo y suministrarlo en las condiciones convenientes. Y en estas condiciones se incluyen las encaminadas a la minimización de los posibles efectos nocivos del manejo, haciendo especial hincapié a la emisión de olores. Ya desde su origen, la materia primera que llega a las estaciones depuradoras presenta una particularidad que la hace especialmente antipática: huele, y no sólo esto, huele mal. Esta característica está asociada a la descomposición de la materia orgánica, particularmente si ésta tiene lugar en condiciones de falta de oxígeno. Para entendernos, sobre gustos colores, pero podemos encontrar un gran consenso en considerar que un huevo no huele especialmente mal. En cambio, exceptuando los defensores de ciertas prácticas culinarias orientales, estaremos ampliamente de acuerdo en concluir de manera rotunda que el mismo alimento desprende un olor insoportable cuando se encuentra en proceso de putrefacción. 
 
Antes de su destinación al campo, el lodo es sometido a diversos tratamientos, que tienen una doble finalidad: (1) reducir el contenido de agua, minimizando su volumen y mejorando las condiciones de manejo; y (2) reducir el contenido de materia orgánica y de los compuestos fácilmente degradables, aumentando su estabilidad. Los sucesivos procesos a los que es sometida el agua y el lodo son altamente efectivos en conseguir una minimización del volumen: el proceso de depuración permite concentrar la carga hasta reducirla a una milésima parte del volumen original de agua tratada. En otras palabras, por cada litro de agua tratada se generan únicamente alrededor de 0,0012 kg de lodo deshidratado. Complementariamente, el proceso de tratamiento biológico del agua y las etapas de estabilización aerobia o anaerobia a los que debe ser sometido el lodo que tiene por destino final su valorización agrícola consiguen una importante reducción de las fracciones más degradables de la materia orgánica. De esta manera el lodo tratado se considera un material con unas características específicas y diferenciadas y por esta razón se lo distingue con una denominación también específica: biosólido. 
 
En este momento de la exposición creo pertinente hacer una pequeña aclaración. Es habitual encontrar quien asimila el biosólido a las deyecciones ganaderas. Nada más lejos de la realidad. Una deyección ganadera es el residuo generado directamente por la cabaña ganadera. En cambio, como se ha venido exponiendo, un biosólido es el producto resultante de haber sometido el conjunto de deyecciones, en este caso, de origen humano a una sucesión de procesos intensivos de concentración y estabilización. En consecuencia, se pueden distinguir las siguientes diferencias entre los dos materiales:
 
  • Un biosólido es un material mucho más estable por lo cual su manejo genera muchas menos molestias por olores y, por ende, tiene un menor poder de atracción, tanto de insectos como de roedores.
  • Un biosólido es un material semisólido, que no genera lixiviados y que se puede transportar en camiones y almacenar en pilas estables.
  • El contenido de nitrógeno de un biosólido es inferior y presenta formas más estables y menos solubles, que requieren un proceso previo de mineralización. Este hecho reduce sustancialmente las pérdidas por evaporación durante la aplicación y por disolución en caso de lluvia o riego. Por consecuencia se disminuye el riesgo contaminación atmosférica y de los acuíferos. 
  • La valorización agronómica de los biosólidos se encuentra regulada por una normativa específica, que obliga a caracterizarlos periódicamente y supedita su utilización al contenido de determinados elementos contaminantes. 
 
En resumen, un biosólido es el resultado de un esfuerzo ingente de adecuación del producto de la depuración a su destino final.
 
Cabe señalar que existen sistemas alternativos o complementarios de tratamiento del biosólido (higienización, secado, compostaje y/o incineración) pero no siempre es posible aplicarlos por razones técnicas, operativas y económicas. Estos sistemas permiten adecuar el destino del lodo a situaciones particulares. Por ejemplo, los países que no disponen de suelo agrario deben de habilitar sistemas de valorización o eliminación del lodo para adaptarse a esta circunstancia. Pero cuando se dispone de superficie y demanda la aplicación de lodo en provecho de la agricultura se convierte en una solución ganadora para todas las partes (lo que en lenguaje de marketing se denomina un balance “win-win”).
 
Para que así sea es importante, de hecho, imprescindible, que la gestión se realice priorizando la satisfacción de las necesidades de quien recibe el biosólido. Por tanto, como ya se ha venido argumentando, es necesario adecuar las características del material y su dosificación a criterios agronómicos y edafológicos (de calidad del suelo), tanto a corto como a largo plazo. En este sentido, se debe encontrar un equilibrio entre los beneficios que proporciona la fertilización con biosólidos y los eventuales riesgos derivados. Estos riesgos pueden ir asociados bien a la presencia de elementos contaminantes o bien a los efectos del manejo del material. Y aquí nuevamente resulta interesante volver a recurrir a Paracelso. La toxicidad de las substancias depende de su concentración. La mayor parte de ellas ya se encuentran en el medio, y su incorporación con el lodo resulta en la mayoría de casos despreciable, en el marco de una dosificación agronómica.
 
A la hora de regular la gestión existen múltiples aproximaciones posibles. Todas las actividades humanas llevan asociado un potencial impacto ambiental. Para minimizar este impacto es necesario aplicar la máxima seguridad y prevención y utilizar el principio de precaución, cuando se desconocen los efectos nocivos. La existencia del lodo y su utilización en provecho de la agricultura tiene una larga historia. Todo este tiempo nos ha permitido acumular mucha experiencia y disponer de numerosos estudios científicos, los cuales, además de poner de manifiesto los beneficios de esta via de gestión, han hecho posible conocer y acotar sus posibles perjuicios, tanto inmediatos como por acumulación a lo largo de los años.
 
A pesar de esta experiencia, en muchos ámbitos normativos se sigue observando una tendencia a aplicar estrategias de regulación basadas en criterios altamente restrictivos. Estas soluciones pueden llegar a hacer inviable la gestión. En algunos casos se llega a prohibir la aplicación para evitar los eventuales riesgos. En otros casos, la prohibición es temporal durante determinadas épocas del año, aduciendo, por ejemplo, temporadas de lluvia. Otra práctica tristemente común es exigir el cumplimento de unos criterios que no pueden satisfacerse de manera inmediata y que requieren la adaptación de las depuradoras o la implantación de plantas de tratamiento que no existen. Paradójicamente, algunas de estas normativas tienen por objeto la mejora de la valorización y, por el contrario, acaban consiguiendo imposibilitarla. En la mayoría de ocasiones la adopción de medidas de restricción es la respuesta a incidencias puntuales, que no representan al conjunto de la gestión.
 
En el sentido anterior me atrevo a proponer un conjunto de consideraciones a tener en cuenta a la hora de diseñar la política de regulación de la gestión del lodo en un determinado ámbito geográfico:
 
1) La incorporación de los requerimientos se debería basar en datos experimentales del impacto real de la gestión y en la experiencia adquirida. En este sentido se considera necesario analizar las incidencias detectadas y determinar si éstas responden a situaciones puntuales de malas prácticas o a tendencias generales. Es importante contextualizar el número de incidencias respecto al montante total de la gestión, teniendo en cuenta, no sólo aquello que no funciona bien, sino también el volumen de lodo que ha podido ser valorizado de manera correcta. Es decir, evitar hacer pagar justos por pecadores, cuando los justos representan a la inmensa mayoría.
 
2) Es necesario evaluar las consecuencias de las restricciones a incorporar y el impacto que van a tener sobre el conjunto gestión. En este aspecto, es crucial analizar la capacidad disponible de las vías de gestión alternativas, ya que, si estas no están disponibles con suficiente capacidad, se puede provocar un colapso del sistema, que repercutirá en la inviabilidad del servicio de saneamiento. Por mucho empeño que se invierta la ley no hará desaparecer al lodo de la noche a la mañana. Será necesario, pues, hacer un análisis coste-beneficio de las decisiones adoptadas y establecer, en su caso, los periodos transitorios de adecuación e implantación de nuevas infraestructuras. Estos periodos deberían ser realistas. Al mismo tiempo habrá que habilitar las partidas presupuestarias para la construcción y explotación de las infraestructuras necesarias. De acuerdo con el principio de recuperación de costes enunciado por la Directiva marco del agua, estas partidas deberán imputarse a las tarifas y cánones del suministro de agua. A modo de ejemplo, no existen evidencias que la presencia de patógenos en el lodo haya provocado daños ambientales ni sanitarios. Una eventual exigencia de higienización del lodo implicaría la incorporación de unos tratamientos que la mayor parte de estaciones depuradoras no disponen, para la implantación de los cuales se requerirían largos plazos de tiempo, así como una considerable inversión económica.
 
 
 


Conclusiones

 
Como resumen, el ejercicio de la responsabilidad incluye, además de la protección del medio, que nadie pone en duda, la ponderación de las actuaciones para permitir la viabilidad de una actividad que, a día de hoy, proporciona grandes beneficios.
 
Este objetivo únicamente puede conseguirse mediante una adecuada planificación que tenga en cuenta todos los aspectos relacionados. Es necesario un gran pacto social que decida cuál es el mejor destino para un residuo que genera el conjunto de la sociedad y que, a diferencia de otras actividades, no es posible evitar ni deslocalizar. Las alternativas de gestión son limitadas y todas ellas están sujetas a impactos ambientales, sociales y económicos. Es imprescindible, pues, hacer un enfoque conjunto y evitar aproximaciones parciales que obvien los efectos colaterales. Sino puede suceder que las buenas intenciones acaben chocando con la cruda realidad, que acostumbra a ser tremendamente tozuda.
 
Quede claro que soy un férreo defensor de la mejora de la gestión y de la incorporación de las mejores técnicas disponibles en la valorización agronómica de los biosólidos y creo que en este campo hay mucho recorrido que avanzar. Pero si estas mejoras no se llevan a cabo de manera paulatina y posibilista podemos acabar pasando a la historia como los protagonistas del malbaratamiento de una gran oportunidad. De nosotros depende.
 
 
Marc Moliner i Rafa
 

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Comentarios Publicar comentario
25/10/2018
Gustavo Garcia escribió:
Felicitaciones, conceptos tan claros deben propender por la comprensión del tema en la comunidad, "Los biosólidos son parte de la solución, no el problema del saneamiento"
16/10/2018
M.Dolors Rafa escribió:
tens un do escribint per sigui entes,
Aquests text fuig del meu ambit,però esta correctament escrit per poder assimilar el seu contingut.
Gracies
12/10/2018 Le felicito.
No es fácil encontrar un artículo de opinión tan sencillo de comprender y tan sensato.